
Elegir. Sí pues, es lo que hacemos cada vez que esperanzados o resignados vamos a las urnas. Es cuando una mayoría ya decidió su voto y es también cuando en medio de ese tráfago que es ir a votar, los despistados que las encuestas grafican como indecisos, preguntan quién es el candidato ganador para votar por él.
Elegimos. Sí pues, elegimos a un presidente regional o a un alcalde pero ¿en verdad lo elegimos a él? ¿Elegimos una forma de gobernar la región o la ciudad? O acaso sin darnos cuenta, elegimos más bien a un entorno de truhanes que se aupan al poder de quien, por debilidad o conveniencia, los acoge.
Con cada elección vienen siempre los lamentos porque no progresamos como nos prometieron ni prosperamos como nos hicieron soñar. Ong´s y especialistas se preguntan por candidatos y planes de gobierno, pero jamás preguntan quienes serán los que ejecuten los planes prometidos por el ganador.
No avanzamos como quisiéramos y atisbamos que a veces, las mejores intenciones, los más brillantes planes, las más sinceras promesas y sanas voluntades; son arruinados por una caterva de improvisados, que ineptos en el arte de gobernar o en la ciencia de administrar, están mejor dotados para engatusar, medrar, reptar, adular y ser amas de llaves. Son eso que se llama entorno; especie de petit comité que en verdad, ejerce una suerte de poder oculto y paralelo al de quien ganó la elección.
Se dejan ver en muchos sitios; generalmente llegan ojerosos, famélicos, desarrapados, casi descalzos y premunidos de calculada humildad; una vez aupados, sus ojos cobran el brillo de la avaricia, su voz adquiere tono de mandamás y sus agasajados abdómenes se abultan al ritmo que tejen las más inverosímiles intrigas que los lleven a deshacerse de quienes podrían poner en peligro sus protervas intenciones.
Son acomodaticios, miden las debilidades racionales y emocionales del que ejerce el poder; dominan la dialéctica del elogio y la técnica de la alabanza; ambas son recibidas por el jefe creyendo que son un obligado reconocimiento a sus dotes de gobernante, estimulando falsamente su autoestima, alimentando su egocentrismo y sin darse cuenta, incrementando día a día su adicción por la adulación.
Los entornos. Es verdad que no todos son como lo describimos, pero sí la mayoría. Hemos visto especialistas en fabricar fieros enemigos a quienes, luego de "valerosa" lucha, derrotan o dejan fuera de juego para después mostrar al jefe el tamaño de su lealtad falsificada y el valor de su imaginario sacrificio.
Otras veces, inventan traiciones para que reluzca su fidelidad perruna, la misma que también exigen a esas recuas de soplones y parasitarios mandaderos de las cuales suelen rodearse para urdir triquiñuelas en su beneficio y en provecho de quienes, junto a ellos, se reparten la torta de ese poder para el que nadie los eligió pero que un intonso gobernante, atosigado por el incienso que esparcen sus adulones y obnubilado por los interesados elogios, concede, quizá creyendo que delega poder honestamente.
Existen y son muchos, su beneficio consiste en medrar del poder, acomodar parientes, cobrar cupos para la campaña que ellos dicen manejar con napoleónicas estrategias y financiar con coimas pedidas en nombre del jefe, al que casi siempre, le hacen las cuentas del gran bonetón.
Existen hasta que les dura, mejor dicho hasta que se acaba el poder, luego vuelven a ser lo que fueron y a vestir como llegaron vestidos; salvo encuentren nuevo carro al que trepar ¿Existen por culpa de los que resultan elegidos o por desidia de quienes no sabemos elegir? Usted elija. Aunque sea cual sea su respuesta no podrá desaparecerlos pues siempre van a existir.
Por: Gerardo Cabrejo
Publicado en el Diario CORREO de Piura el 17.11.06
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Fecha: 18/11/2006 19:39.
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