
La ucronía es un subgénero de la ciencia ficción que se caracteriza porque la trama transcurre a partir de un hecho que en verdad ocurrió pero que se reconstruye o presenta distinto a como en efecto fue. Es lo que podría haber sido, pero no lo fue, ni nunca lo será. Por ejemplo, reconstruir la historia de la segunda guerra mundial con un final en que japoneses y alemanes hayan vencido a ingleses, rusos y americanos es una ucronía. Pareciera ocioso hacer este tipo de ejercicios pero las últimas acciones políticas de Ollanta Humala nos hacen pensar que está viviendo en medio de una ucronía política.
Ollanta no fue elegido presidente sin embargo pretende actuar como si lo fuera. Se sabía derrotado electoralmente, pero gritó a los cuatro vientos que con el resultado de la elección había comenzado el gran cambio.
Como si hubiera resultado elegido, fija las condiciones en que debe desenvolverse el próximo gobierno. Creyendo tener la sartén por el mango, señala los requisitos para reunirse con el presidente electo; le daba largas al asunto y luego en función de su agenda le señala a Alan García día y hora y lugar para reunirse.
Sintiéndose el presidente elegido, condiciona la reunión al tratamiento de aquellos puntos sobre los que a él le interesa conversar y exige que no se ratifique el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos como si el electorado peruano lo hubiera respaldado a él y no al candidato que propuso aprobar el TLC pero con mejores compensaciones a quienes resulten perjudicados.
Ucronía pura, Ollanta Humala reconstruye la historia del último proceso electoral pero con un resultado que no fue y no será. ¿Cambia la realidad porque aún no asimila el trago amargo de la derrota? o ¿La ucronía es parte de su estrategia opositora?
Nos parece lo segundo. Fiel a su formación militar Humala ve la política en términos bélicos y confrontacionales; ignora acaso que la política es el arte de lo posible y quienes actúan en ella o ejercen algún liderazgo lo hacen intentado resolver conflictos y promoviendo ajustes y soluciones a los problemas de la sociedad y del estado.
Así fue desde los albores de la democracia cuando los griegos se reunían en una plaza pública a la que llamaban ágora y en la que parlamentaban o discutían acerca de los problemas de los ciudadanos que habitaban la polis o ciudad.
Así es hoy en cualquier nación civilizada en la que se entienda que el gobierno lo ejercen quienes fueron elegidos por las mayorías. Los que no lo fueron pueden plegarse a los elegidos o ejercer la oposición, pero en ningún caso pueden suplantar ni decidir por encima de quienes recibieron el respaldo electoral mayoritario.
El debate de ideas y propuestas políticas es natural en toda democracia, pero cuando la confrontación civilizada y respetuosa pretende ser distorsionada para llevarla a la exacerbación del conflicto social, so pretexto de defender a los excluidos, hay que ponerle freno y eso es lo que ha hecho el presidente electo al no someterse a la agenda política del iracundo comandante; dejando sin fecha un diálogo que solicitó con la mejores buenas maneras democráticas.
Alan García fue elegido con el voto prestado de millones de peruanos; igualmente Humala llegó al 47% con los votos prestados de quienes no deseaban elegir a García y aún así se siente propietario de la conciencia y expectativas de quienes sufragaron por él. No fue así, ni lo será y ello también es una ucronía que ojalá no llegue a sangrienta rebeldía.
Por: Gerardo Cabrejo
Artículo publicado en el DIARIO CORREO de Piura, el 29.06.06
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