
"La misión del FIM es impedir que el APRA llegue al poder...". Escuchar al congresista Fausto Alvarado decir esta frase cargada de odio y sectarismo nos llevó a buscar las razones que tendrían algunos políticos para que, exhibiendo un primitivismo que buscan contagiar al pueblo, promuevan la negación del otro como condición básica para ejercer su parasitaria existencia.
Nicolás de Maquiavelo decía que "a los hombres hay que ganárselos o destruirlos". Eso es lo que intentó la vieja oligarquía con Haya de la Torre, cuando en los años aurorales del aprismo, éste supo interpretar la dirección en que iba el movimiento popular y construyó una organización política como alternativa a la propuesta de esa oligarquía que veía en grave riesgo su hegemonía en el manejo de un Estado incipiente y de espaldas al pueblo.
A Víctor Raúl no pudieron ni conquistarlo ni destruirlo. Ésta quizá sea la explicación a esa suerte de vieja sentencia que busca condenar al aprismo al ghetto de la exclusión y trata de enaltecer la intolerancia como herramienta de lucha política que busca el aniquilamiento del adversario y la negación del otro como alternativa política para ejercer el poder.
El antiaprismo está presente y se renueva con cada proceso electoral, para ello sus mentores, machacan en el imaginario popular una leyenda negra que generaliza y magnifica los errores cometidos por el aprismo buscando identificarlo con la traición, la corrupción y la incompetencia. La explicación a esta actitud de los adversarios del Apra, se encuentra quizá en las duras confrontaciones políticas que desde los años 30 alimentaron los conflictos entre los intereses sociales defendidos por los unos y los intereses económicos defendidos por los otros.
Tales desencuentros han hecho inevitable que en el Perú se forje una cultura política negada para el consenso y la tolerancia. Qué mejor ejemplo de desencuentro cuando preguntada acerca de la posibilidad de llegar a algunos acuerdos con el Aprismo, hace muy poco la candidata Lourdes Flores soltó su ya famoso "con el Apra, ni a misa". Esta frase por sí sola, estimula en la memoria social una suerte de veto que obliga a los apristas a encontrar refugio en su simbología, en su historia, en sus mártires y en aquel estribillo que dice "prometamos jamás desertar".
En otras palabras, la exclusión y el veto social que sus adversarios pretenden imponerle, galvanizan la voluntad y el ánimo de los apristas para enfrentarse a esa adversidad, aunque al mismo tiempo, el primitivismo político de quienes se sienten enemigos del Apra, retroalimente en la conciencia social el encono y la división entre peruanos. Por cierto, es absolutamente democrático ser adversario del aprismo y proponer en contrario distintas creencias o principios.
Cosa distinta es existir sólo para negarle su derecho a querer gobernar, a reivindicarse de sus errores; o a trabajar por su democrática existencia. Será que los mentores del antiaprismo, quizá carezcan de esa inspiración superior que tenían aquellos hombres que como Haya de la Torre, no ofendían ni ensuciaban su espíritu dándole categoría de enemigos a quienes simplemente eran sus adversarios.
No cabe duda que aquel que ve en su oponente político al enemigo que jamás tendería la mano, no vacilará en ejercer el poder convirtiéndolo en tablado de sus pasiones inferiores y en instrumento de venganza. La historia del Perú está llena de ejemplos. No los repitamos.
Por: Gerardo Cabrejo
Publicado en el Diario CORREO de Piura el 22.02.06
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