
Exhiben odiosidad o jolgorio. Para unos Fujimori no merece misericordia de los peruanos y debe ser extraditado y condenado. Para otros, le cabe si no el paraíso, por lo menos el retorno a la Presidencia de la República.
Al parecer ambas posiciones corresponden a la actitud del mercader que habla según como le fue en la feria. Los unos condenan a priori y tratan de ser ese poder fáctico que presiona a la judicatura para que sancione, incluso a costa del debido proceso.Los otros exoneran culpas sin el mínimo sonrojo y ven en Fujimori no sólo al honrado y eficaz presidente, sino también al consumado ajedrecista que para acelerar su anhelado retorno, no hace otra cosa que mover sus fichas con la genialidad de un Bobby Fischer.
Absolución y condena, caras opuestas de una misma moneda que nadie se detiene a pensar cómo así llegó a nuestras manos. Los que lo condenan gritan ¡al ladrón, al ladrón! Pero en ellos no existe el menor acto de reflexión para siquiera cuestionar cómo es que se encaramó en el poder esta alimaña que hoy quieren desaparecer.
Los que lo absuelven, no mueven una pestaña frente al golpe de estado, al evidente latrocinio y la desaparición forzada de personas. Ambas facciones quizá enceguecidas por su propio cálculo; olvidan que por encima de su histérica grita hay algunas reflexiones que es obligatorio formular.
Fujimori fue hijo del descrédito de la clase política; apareció de la nada ideológica para ser secuestrado por el mercantilismo, la manipulación y la falta de escrúpulos; por cierto, en medio del miope apoyo popular y el aplauso bajo la mesa de algunos que hoy lo vituperan.
Paradojas de la política. Quienes a su inicial aparición lo combatían, ya en el poder y tras el golpe de estado, sin ningún rubor se auparon a ese carro conducido por aquel Frankenstein que los otros fabricaron, quizá convencidos de haber construido al mejor fantoche que en nombre de sus creadores funja de gobernante.
Se equivocaron. Los que lo inventaron y los políticos que él inventó; los que lo secuestraron para medrar y los que el secuestró para desaparecer, los que lo utilizaron y los que él utilizó, los que sufragamos y los que en 1990 nos convencieron de sufragar por él.
Quizá sea extraditado y probablemente sentenciado pero, quién sanciona a esa clase política miope y obtusa responsable de su aparición. Quién realmente asume que por su propia acción u omisión el Perú eligió y reeligió a un individuo que en medio de proverbial soberbia dijo no admirar a nadie porque en verdad se siente por encima de todos los mortales.
Se escondió en Japón, hoy está en Chile y mañana quizá en Canto Grande, Piedras Gordas o la Base Naval. Mientras, los medios de comunicación nos seguirán atosigando con sesudos informes y en ellos, sus defensores dirán que es víctima de una persecución política y a sus detractores les parecerá corta la cadena perpetua.
Hoy como ayer, nadie se ocupará de orientar al pueblo para que aprenda a distinguir entre el aventurero de la política y el candidato con vocación de servicio, entre el que se dice técnico independiente y el candidato de un partido democráticamente organizado, entre el golpe de estado y el gobierno legítimo, entre la pobreza digna y la dádiva electorera; en suma, entre el gobierno democrático y el autoritarismo. Nuestra clase política sigue cometiendo los mismos errores y al igual que Alberto Fujimori en 1990, muchos aventureros volverán a ponerse en el partidor electoral. Será más de lo mismo, como hoy, como ayer y como siempre.
Por: Gerardo Cabrejo
Se publico en el Diario CORREO de Piura el 11.11.05
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