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Reflexiones después del ejercicio

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Periodista, peruano, heterosexual, pago impuestos, 44 años, con hijos biológicos; no soy homófobo, no milito en ninguna cruzada moralizadora, no soy derechista ni católico fundamentalista y a diferencia del Cardenal Cipriani, creo que las personas homosexuales, sí están en los planes de Dios.

Hasta hace poco, consideraba a los homosexuales como una minoría digna de ser ayudada en la superación de aquellos prejuicios que los discriminaban por tener "orientación sexual" distinta a la mayoría de sus congéneres; pero su pretensión de querer "matrimonio" y "adoptar hijos" me hizo investigar para expresar opinión, pues siendo un tema tan controversial, es deber de la prensa escudriñar distintos puntos de vista que informen a quienes no son parte de esa controversia.

Fuera de adhesiones y sonrisas generadas por un artículo anterior, recibimos electrónicas diatribas de quienes reclaman tolerancia para si, creyentes quizá de que aún son víctimas de aquellos crímenes de lesa humanidad que en el pasado: comunistas, fascistas, judíos y cristianos, cometieron en nombre de la sociedad y la religión. Sin embargo, tenemos derecho a pensar que, pese a ello, no tienen razón. Veamos por qué.

Se dice que la homosexualidad es natural. Claro que sí, se da incluso entre animales, pero en ella no hay ese orden natural que se da en la perfecta complementariedad de los sexos opuestos cuya copulación genera la reproducción que preserva la especie. Tampoco es genética pues, científicamente, se ha demostrado que no existe un gen gay que determine la homosexualidad, que, en si misma y siendo natural, es precisamente un desorden de la naturaleza.

Por ello es que las leyes antidiscriminatorias están hechas para garantizar la "igualdad de oportunidades" y no para crear una igualdad artificial en situaciones que la naturaleza ha hecho desiguales. Una ley no decreta inteligente al tonto, no hace ver al ciego, ni procrear a los homosexuales entre si, de allí que el matrimonio heterosexual sea resultado de miles de años de experiencias sociológicas de la humanidad, que con absoluta naturalidad la ha establecido como su unidad reproductiva eficiente.El matrimonio civil entre homosexuales y el que adopten niños implica una discriminación inversa contra los heterosexuales.

Pues no pone en vigencia una igualdad de derechos para todos, sino que, cual si fuera un privilegio, le estaría dando a los homosexuales la facultad de heredar bienes, adoptar hijos o tener pensión de viudez; algo que la legislación niega a los heterosexuales por el solo hecho de no tener sexo entre iguales, ser solteros o formar parejas no unidas por matrimonio. Como argumento que los lleve a encontrar su felicidad matrimonial, ejemplifican con las imperfecciones del matrimonio heterosexual augurándole pronta caducidad.

Cierto, el matrimonio heterosexual tiene las imperfecciones humanas que tienen los consortes; Pero el matrimonio homosexual es más imperfecto aún, pues si por ejemplo, los homosexuales Remigio y José Ricardo copularan, les sería imposible trascender a su propia naturaleza biológica procreando un hijo.Respecto al derecho de adopción de hijos para el matrimonio homosexual, éste no existe en puridad ni siquiera para las familias heterosexuales, pues la adopción es un derecho del adoptado y no del adoptante. De modo que si se concediera tal privilegio legal al matrimonio homosexual, se transgrediría la Declaración Universal de los Derechos del Niño, la cual establece que al dictarse leyes que atañan a los pequeños, se tendra en cuenta exclusivamente el interés superior del niño.

La adopción de hijos tiene como principio intrínseco la figura de la sustitución, es decir darle al niño una imitación de lo que fue o debió ser su familia biológica que perdió, de allí que ésta sustitución debe ser hecha por matrimonios conformados por hombre y mujer que en función simulativa pero concordante con la naturaleza, ejercen el rol de padres.

Es claro entonces que esta pretensión del homosexualismo mundial responde la necesidad de ser consolados por su imposibilidad biológica de ser padres entre si y por tanto, pretenden que el Estado les obsequie lo que la naturaleza les niega, como si los niños fueran ositos de peluche con quienes encariñarse, satisfaciendo las carencias emocionales de terceros.

Un niño, «paternizado» por una pareja homosexual, entrará necesariamente en conflicto en sus relaciones personales con otros niños pues su entorno mayoritario tiene una conformación familiar distinta que, a él no se le consultó sino más bien se le impuso y que en definitiva no es otra cosa que un experimento diseñado para niños o niñas, ajenos al ensayo y cuyas imprevistas consecuencias repercutirán en sus propias personas y en la misma sociedad que los ampara.

En suma, discrepar con el activismo homosexual pro matrimonio y pro adopción, no pasa necesariamente por convicciones religiosas, no encarna intolerancia ni discriminación alguna contra seres humanos que merecen nuestra comprensión pues la naturaleza no fue generosa con ellosPor ello les decimos que vivan su sexualidad libremente, sin culpas ni prejuicios, pero discretamente y sin ofender a la mayoría heterosexual que los rodea.

Por: Gerardo Cabrejo

Publicado por el Diario CORREO de Piura el 26.07.05

10/02/2006 11:09. Autor: gerardo cabrejo. Tema: Sociedad.

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